Macri-Obama: el paraíso y la grieta

Editoriales 27 de marzo de 2016 Por
El Gobierno planificó la comunicación de la visita de Barack Obama bajo una premisa futbolera. “Como se patea para asegurar un penal: fuerte y al medio”, explicó Marcos Peña
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Lulio Blanck-Clarin

El Gobierno planificó la comunicación de la visita de Barack Obama bajo una premisa futbolera. “Como se patea para asegurar un penal: fuerte y al medio”, explicó Marcos Peña. Esto es, sencillo y sin tomar riesgos innecesarios. El jefe de Gabinete es el comandante supremo de las formas y el fondo de lo que la administración Macri transmite a la opinión pública. La decisión original, dijo, fue “evitar las sobreactuaciones”. Pero los dichos y los hechos de Obama le mezclaron los papeles al prolijito plan argentino. La idea básica que transmitió el presidente norteamericano fue “dígannos cómo los podemos ayudar”. ¿A cuántos les dirá lo mismo?

Obama fue más allá de lo esperado con sus gestos de apoyo personales, políticos y económicos. Sorprendió tanto por la rápida empatía personal que estableció con Macri –en paralelo a la que sus colaboradores anudaron con sus homólogos argentinos– como por la coincidencia en la mirada sobre los temas centrales de la agenda que abordaron. Así, desdibujando la moderación programada y bajo el efecto de la poderosa seducción del matrimonio Obama –Michelle ratificó que es una jugadora de las Grandes Ligas– el propio Macri terminó siendo el comunicador de la euforia oficial. 

La sensación es fácilmente palpable: hoy Macri y su gente se sienten en el Paraíso. Es un bello estado del espíritu, sólo empañado por la constatación de que sus tareas y sus problemas son ferozmente terrenales. 

De cualquier manera, el hecho mismo de la visita y el énfasis puesto por Obama colocan a la Argentina en el lugar del mundo adonde Macri se propuso llevarla. El Presidente nunca ocultó este propósito, mucho menos en la campaña electoral. También para esto lo votó la mayoría del electorado. 

Según Peña, el resultado de estos días fue la “coronación natural” de un largo y hasta acá casi invisible trabajo de acercamiento de la estructura de Macri con el staff político y partidario de Obama. Esto incluyó la generación de espacios de trabajo en común y aprendizaje con su equipo de redes sociales y sistematización informatizada de la campaña, con intermediación y ayuda de altos directivos de Facebook. También cuenta el acercamiento del macrismo con Bill y Hillary Clinton, que este año podrá ser la primera mujer elegida presidente en los EE.UU. Y la proximidad que logró Macri mientras era jefe de Gobierno porteño con Michael Bloomberg, el millonario que se inició en el Partido Demócrata, pasó al Republicano, fue alcalde de Nueva York –cargo que ocupó hasta 2013– y después se transformó en un líder independiente. 

El verdadero cierre de la visita de Obama se produjo casi al mismo tiempo que el Air Force One aterrizaba en la base Andrews en el viaje de regreso desde Ezeiza. La presentación de su gobierno ante la Cámara de Apelaciones de Nueva York, respaldando el acuerdo con los fondos buitre y la salida argentina del default, tiene un espesor político notorio aunque no resulte tan pintoresco como tomar mate, elogiar la belleza de la Patagonia, hablar de Borges y Cortázar, de Messi y Ginobili, o de intentar algunos pasos de tango con Mora Godoy.

Funcionarios de la Casa Rosada apuntan que la visita de Obama es el “final feliz de la primera etapa del gobierno de Mauricio”. Afirman que Washington muestra al Gobierno argentino como “aliado y socio” y que esa plataforma de presentación ante el mundo “puede ayudar mucho” en la tarea de tomar deuda por 12.000 millones de dólares para pagar a los fondos buitre, una vez que se haya aprobado –quizás esta semana– la ley de salida del default. 

Aquí es donde se ingresa en la lectura interna de la visita, y en la forma en que el gobierno de Macri operó para hacer partícipe a la oposición en el derrame de buena onda que provocó Obama.

El momento elegido fue la cena del miércoles en el Centro Cultural Kirchner. Allí hubo una breve recepción privada con Obama y Macri, previa al banquete, a la que podían asistir diez argentinos. Estuvieron la vicepresidenta Gabriela Michetti por el Gobierno; Emilio Monzó, Federico Pinedo y el radical Mario Negri por el oficialismo en el Congreso; Elena Highton y Juan Carlos Maqueda de la Corte Suprema de Justicia y se abrieron cuatro lugares para opositores: Sergio Massa, Margarita Stolbizer, el senador Miguel Pichetto y el diputado José Luis Gioja. 

El gesto tiene al menos dos lecturas. Una, el reconocimiento a Massa y Stolbizer, que operan como aliados parlamentarios del Gobierno sin desdibujar su perfil opositor. Otra, igual o más sustancial, es la búsqueda de consolidar la convivencia con el sector del peronismo dispuesto a dialogar y llegar a acuerdos puntuales. 

Pichetto, jefe del mayoritario bloque de senadores peronistas, es pieza clave para el debate y aprobación de la ley de salida del default. En el dictamen de comisiones el peronismo votó dividido, un día antes de la llegada de Obama. Lo mismo sucederá cuando se debata en el recinto. Eso permitirá la aprobación de la ley a pesar de la oposición del sector que tiene a Cristina como líder. Pichetto es la garantía para que eso suceda sin quiebres irreversibles en el bloque. Así conservará su capacidad de árbitro en el Congreso, en representación del interés de las provincias gobernadas por el peronismo.

Gioja, por su parte, expresa al sector peronista moderado que permanece dentro del bloque del Frente para la Victoria conducido por el cristinismo. Hay allí una tensión latente. “Le tiramos un centro a Gioja” dicen en el Gobierno a propósito de la invitación con Obama, sin ocultar que juegan a fisurar todavía más esa bancada opositora.

Diego Bossio, que encabezó el grupo de diputados que ya rompió con el kirchnerismo, estuvo en las mesas de la cena presidencial. Igual que Juan Manuel Abal Medina, el senador kirchnerista que votará en contra de la ley de salida del default pero que juega con Pichetto para mantener la unidad del bloque. 

También fue invitada la plana mayor sindical: Hugo Moyano, Antonio Caló, Luis Barrionuevo. Con ellos el Gobierno busca todo el tiempo construir cercanía. Buena parte del capital político que está acumulando Macri tendrá que ser gastado para atravesar largos meses de dificultades económicas y sociales. A la dirigencia gremial le piden moderación en la discusión salarial de las paritarias. Los sindicatos ya presentaron su pedido de compensación: una ley que corrija las injusticias y distorsiones del impuesto a las Ganancias que pega sobre los salarios. En ese camino ya están andando unos y otros.

Al evaluar el impacto de la visita de Obama en la opinión pública, Marcos Peña consideró que sirvió para consolidar un estado de cosas ya existente, reflejado en las encuestas en las que cree el Gobierno. “Alrededor de un 70% de la gente quiere que nos vaya bien y cerca de un 30% piensa que está todo mal y espera que nos caigamos a pedazos”. Más allá de consideraciones porcentuales, es la misma grieta de antes. 

El cristinismo fue definido, aún en el poder, como una minoría intensa. Hoy, dice Peña, “es cada vez más minoría y cada vez más intensa”. Pero hay algo que al Gobierno lo tiene más alerta que la actividad agitativa del kirchnerismo duro, y es la postura de algunos de quienes suponían iban a acompañar el proceso de recuperación económica y restauración social que están convencidos de expresar. 

Hace un mes, el Gobierno tuvo que hacer malabarismos para explicar la frialdad en el encuentro entre el Papa y Macri en el Vaticano. Ahora, en plena visita de Obama, el arzobispo Víctor Manuel Fernández, rector de la Universidad Católica y percibido como un transmisor directo de las ideas de Francisco, publicó en el diario La Nación un artículo titulado “El otro lado de la grieta” que contrarió a la Casa Rosada.

Monseñor Fernández, quien ya había defendido la decisión del Papa de enviar un rosario a la detenida y enjuiciada Milagro Sala, escribió que mientras se habla de “unir a los argentinos” y de “promover la cultura del encuentro” –alusiones directas al discurso del Gobierno– “asombra ver en las redes sociales y en los foros de la prensa una inusitada violencia verbal”. Lo hace en referencia a la reacción, casi siempre airada, muchas veces aberrante, contra quienes critican al oficialismo desde una frontal postura kirchnerista.

“Imaginemos que las personas que son objeto de estos juicios reaccionaran con igual virulencia y advirtamos entonces el caldo de cultivo de formas de violencia mucho más peligrosas que las verbales”, señala con acierto monseñor Fernández. Quizá por razones de espacio, el rector de la UCA no haya mencionado en su artículo que esas mismas conductas agresivas y difamantes contra quienes piensan distinto fueron, durante muchos de los últimos años, alentadas y financiadas desde el Estado por el kirchnerismo.

Vale para todos: la memoria parcial, teñida de partidismo o de prejuicio, sólo garantiza la permanencia de la grieta que se dice combatir.

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