La sociedad que procura gobernar Cambiemos

Tu columna 06 de agosto de 2016 Por
La sociedad que procura gobernar Cambiemos: incorporando las malas noticias de un capitalismo engañoso que, como otras veces, la llevó, sin mayores atenuantes, del bienestar a la escasez.
fidanza

 976_x_275_px

La sociedad ya no es la que era. O, al menos, no se asimila a lo que proyectaron en ella los sociólogos del positivismo y sus seguidores actuales. Emile Durkheim, con fe racionalista, llegó a sostener que la sociedad debía ocupar el lugar dejado vacante por Dios. Expresaba así el ideal de un cosmos ordenado por instituciones, leyes y normas que asegurarían a los individuos protección, confianza y previsibilidad. Los urbanistas, que expresan en sus obras la cultura dominante, diseñaron ciudades hechas a la medida de estas aspiraciones: limpias, continentes, organizadas, convenientemente separadas por clases y profesiones. Medio siglo de guerras espantosas, y hoy la desigualdad, las migraciones y el terrorismo, arrasaron con el sueño positivista, reduciéndolo a círculos estrechos en los que todavía se soñaba -y aún se sueña- con recuperar el orden perdido.

La sociedad frustrada fue en América latina el resultado del fracaso del proyecto modernizador. En las décadas del 50 y el 60 este impulso, venido del Norte, se basó en la creencia de que el capitalismo democrático podía expandir sus fronteras e imponer su racionalidad más allá de las limitaciones y peculiaridades de las culturas y las economías periféricas. La modernización dejó huellas de progreso, pero no tuvo la capacidad reorganizadora que sus ideólogos le atribuyeron. La Argentina, que por décadas conjugó volatilidad económica con autoritarismo político, incorporó de manera espasmódica los avances y retrocesos de la historia local y universal. Podría decirse que los resultados de esta asimilación están signados por la mixtura. La sociedad argentina es parcialmente moderna, aunque progresista; democrática, pero con instituciones débiles; peronista, aunque con alternancias: de clases medias expandidas, pero con profundas desigualdades.

Tal vez el proyecto modernizador no tuvo su réplica hasta la llegada del neoliberalismo a principio de los 90. Más allá de las discusiones que este término genera, para los argentinos significó una etapa de relativa estabilidad y crecimiento, con desigualdad ascendente, hasta culminar en el desastre de principios de siglo. A la crisis terminal le siguió una recuperación extraordinaria, espoleada en la región por la revalorización de las materias primas. Entre 2003 y 2007 se produjo en el país una suerte de milagro: crecieron el producto, el ingreso y las exportaciones, y se redujeron la pobreza, la deuda y la inflación. Esta evolución virtuosa generó expectativas y conductas de progreso y consumo, que hacia el final de ese período empezaron a sostenerse con inconsistencias crecientes en la política económica -inflación, déficit fiscal, desinversión energética, subsidios, cepos- que se profundizarían en los años siguientes provocando un efecto ilusorio. Como una estrella distante, el modelo seguía emitiendo luz aunque ya estuviera apagado.

Esa incongruencia provocó secuelas en las creencias y conductas de los argentinos: la sociedad se dividió por mitades entre los que se aferraban al modelo desfalleciente y los que querían cambiarlo. Pero todos llegaron a ese momento, que coincidió con las elecciones, con sentimientos encontrados: altas expectativas de bienestar, junto a un inconfesable temor al ajuste material. Los políticos no ayudaron a tramitar esa realidad, que advertían sus asesores económicos, por miedo a que no los votaran.

Así está la sociedad que procura gobernar Cambiemos: incorporando las malas noticias de un capitalismo engañoso que, como otras veces, la llevó, sin mayores atenuantes, del bienestar a la escasez. Una versión más profunda de ella, nutrida por investigaciones sociológicas rigurosas, puede completar este cuadro general. En el libro La sociedad argentina hoy, compilado por Gabriel Kessler, se traza un perfil actualizado de la nueva estructura social al cabo de la última década. Los autores, que caracterizan a este período como "posneoliberal", reconocen progresos objetivos en términos de ingresos e inclusión, a la vez que problematizan la noción de movilidad social ascendente y la reducción de la pobreza y la desigualdad. La impresión que queda después de leer este libro remite de nuevo a la mixtura que parece atravesar a la sociedad argentina: logros, con problemas de sustentabilidad; interés estatal en los sectores populares, con menor cohesión al interior de éstos; mejoras laborales con retrasos estructurales en educación y salud. Acaso el oxímoron "Subo, pero bajo", que una maestra le expresó a Kessler para explicarle su situación, ilustra la ambivalencia del progreso argentino.

Cambiemos, que se juega su suerte en estos meses, enfrenta esos antecedentes ambiguos e inciertos. Al cabo de décadas de volatilidad y falta de visión, hereda la sociedad del "sube y baja", no la de los ideales progresistas de quienes la concibieron como una república democrática con un capitalismo racional. Acaso esas perfecciones no sean ya alcanzables. Las sociedades contemporáneas no pueden pensarse en los términos de Durkheim o Platón. Pero aun con su desorden y heterogeneidad tienen derecho al progreso sustentable, que es la asignatura pendiente de la historia política y económica argentina.

Te puede interesar