Esa niña

Tu columna 06 de mayo de 2019 Por
Por Pepe Berra
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evitaperon

Cholita se resguardaba de ese solazo de enero bajo la galería de la estación ferroviaria. En un banco, con apenas un atadito de ropas, no ocultaba sus nervios. La esperaba un mundo difícil y diferente.

La gran ciudad era una incógnita y, a la vez, la oportunidad de sus sueños. Iba cargada de esperanza, como cualquier piba de pueblo. Un tiempo antes había terminado la primaria. A duras penas, con sus 15 años, pudo finalizar los estudios que no le gustaban.

Esa era la condición que le impuso la madre para dejarla volar. Quería ser una artista, concluir con esa vida de penurias que les toca a los pobres. Ella sentía que podía. Sentada sobre ese banco de madera despintada, miraba el viejo reloj de la estación.

El minutero se movía lentamente; su ansiedad parecía detenerlo y, sin embargo, la hora se acercaba. Recordaba su primera infancia; el doble sufrimiento que sobrellevaba por ser pobre e hija del adulterio. Las madres de sus amiguitas aconsejando que “no se junten con esa bastarda”. Ya en ese entonces, la injusticia la asfixiaba.

La niña se evadía de esa dura realidad aislándose, encerrándose en su rebeldía o, simplemente, pintarrajeándose la cara y jugando a ser quien no era. En la soledad del campo, pensaba: “Algún día todo esto cambiará”. Era un ruego que le permitía proyectarse hacia el futuro, evadir ese presente que le tocaba. La Juana, su mamá, estaba a su lado. Siempre lo había estado.

Era una luchadora que supo llevar a cuesta sus cinco hijos y el dedo hipócrita de la sociedad que acusaba su amor adúltero. Cholita tenía grabada la imagen de ella encorvada sobre la máquina de coser, en penumbras y ese chirrido de la aguja corriendo sobre la tela. Los pensamientos en ese andén eran desordenados. Volvía a la escuela.

Las maestras le decían que era muy faltadora. Sabrán acaso de las privaciones de los pobres? Cuando se embarran los únicos zapatitos; cuando se moja la ropa de salir; cuando hay que dar una mano para poder llegar a cobrar el trabajo. Pero algo le reconocían, se sabía desenvolver y con esa voz potente, algo ronquecina, era ideal recitando poemas en las festividades escolares. Rebuscó en su atadito. Confirmó que llevaba su álbum. Era su tesoro.

Un cuadernito donde prolijamente estaban recortadas y pegadas las actrices famosas. Iba hojeando, pausadamente, cada una de esas figuritas. A veces se detenía en algún detalle; un vestido, una joya, un peinado. La última hoja estaba en blanco. Allí, anhelaba pegar su propia foto. Se acercó a las vías. Miró al infinito; esa estación le era familiar.

Cuántas veces había andado entre los vagones viejos, refugiándose en los libros de poemas y las arengas de ferroviarios anarquistas. Unos metros más allá, una nena jugaba. Los regalos para ella no fueron frecuentes. Alguna vez puso sus zapatitos un día de Reyes y pidió “una muñeca de tamaño natural”. Al otro día, para su sorpresa y alegría, estaba la muñeca pero le faltaba una pierna. La plata había alcanzado sólo para ir a un lugar de rezagos.

Ese recuerdo la llevó a la tristeza íntima que sentía desde su infancia. Saber tempranamente que en el mundo hay pobres y hay ricos. Siempre había pensado que era natural esa división, hasta que un “hombre de trabajo” le explicó que “había pobres porque los ricos eran demasiado ricos”.

No era una cuestión de destino divino sino una injusticia. Fue a los 11 años, cuando dejó de lado esa tristeza de ser pobre para abrigar “un fuerte sentimiento de indignación”. A lo lejos se comenzó a escuchar el silbato del tren. El humo de la locomotora era cada vez más denso y presente.

El jefe de estación hizo sonar la campana. Cholita, que así le llamaban su mamá y sus hermanas, se aprestaba, por fin, a abordar el ferrocarril. La esperaba la ciudad de Buenos Aires. Ese 2 de enero de 1935, atrás quedaban definitivamente Los Toldos y Junín. Ni se imaginaba que, una década después, se transformaría en la mujer más importante de la historia argentina.