El acuerdo con Argentina pone en jaque la carrera de un hombre clave del FMI

Internacionales 28 de octubre de 2018 Por
Alejandro Werner es el director para el Hemisferio Occidental del Fondo y fue señalado por el Board como el responsable por el fracaso del Acuerdo Stand-By de junio.
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Las aspiraciones de Alejandro Werner de convertirse en el primer hombre de carrera del Fondo Monetario Internacional en acceder al mayor puesto jerárquico del organismo quedaron muy afectadas por el caso argentino. El acuerdo firmado con la Argentina en el mes de junio no logró pasar la primera revisión trimestral, en un fracaso histórico que en el Directorio del organismo atribuyeron en buena medida al director del Hemisferio Occidental.

 

Werner nació en Argentina pero se crió en México y es el latinoamericano con mayor rango en el escalafón de carrera del FMI. Es también muy amigo del actual vicepresidente del Banco Central, Gustavo Cañonero, una cercanía que le terminó costando cara. Estrella de las finanzas internacionales hasta hace poco, en estos momentos enfrenta un desprestigio importante que está afectando su principal ambición: convertirse en el sucesor de Christine Lagarde y pasar a ser, no solo el primer funcionario de carrera del FMI en llegar al cargo de Director Gerente, sino además ser el primer latinoamericano en ocupar este puesto históricamente ocupado por un economista europeo.

 

Según pudo saber LPO, Werner contaba con el apoyo de Lagarde para tratar de conseguir los votos necesarios en el Directorio del organismo para sucederla en julio de 2021, cuando la ex ministra de Economía de Francia termine su segundo mandato al frente del FMI. 

Desde hace décadas, el poder geopolítico de los organismos económicos multilaterales se reparte con un sillón para los Estados Unidos, el del Banco Mundial, y otro sillón para Europa, el del Fondo Monetario. Vale recordar que Lagarde asumió en reemplazo de su compatriota Dominique Strauss-Kahn y que fue la primera en terminar sus cinco años de mandato luego de tres directores que renunciaron antes de tiempo, todos ellos europeos, como el español Rodrigo Rato que la semana que pasó ingresó en la prisión de Soto del Real por un fraude con tarjetas corporativas.

 

Otro mexicano, Agustín Carstens -ex presidente del Banco Central de ese país- fue el latinoamericano que más cerca estuvo de conducir el FMI, cuando en febrero de 2016 quedó a pocos votos de Lagarde, que consiguió su reelección. En ese entonces, la exigua diferencia de votos entre ambos le dio margen a Werner a ilusionarse con que, tal vez, la tradición de que Europa se quedara con la titularidad del FMI podía tener una excepción.

 

La ilusión, sin embargo, se topó con la macroeconomía argentina y la imprevisibilidad que la caracteriza. Y así le fue: de todos los objetivos y previsiones realizados en el Acuerdo Stand-By del 13 de junio, antes de cumplidos los tres meses entre el otorgamiento del crédito y la primera revisión, todo se había incumplido a excepción de la meta fiscal de Nicolás Dujovne. Un rotundo fracaso.


 

Lejos de traer estabilidad y confianza, el acuerdo con el FMI generó más dudas sobre la liquidez y la solvencia de Argentina: el peso se devaluó un 64% más de lo que se ya se había depreciado entre abril y el pedido de asistencia al Fondo, la inflación se desbocó e hizo "volar por el aire" -en palabras de los propios funcionarios argentinos- el esquema de metas de inflación; mientras tanto, el Banco Central no paraba de perder reservas internacionales (se perdieron 6.700 millones de dólares por debajo de la meta de reservas netas mínimas), entre tantas otras variables que se desmadraron.

 

La economía, que los técnicos del FMI que Werner mandó a Argentina y los funcionarios argentinos habían estimado que crecería 0,4% en 2018, entró en recesión de forma acelerada - ahora estiman que cerrará el año con una caída del 2,8%- y la fuga de capitales solo recrudeció.

Y aunque el FMI insista en que el programa de reordenamiento macroeconómico lo diseñó Argentina y en que ellos solo ponen condicionamientos atentos a la capacidad de repago y la minimización del impacto recesivo, el Directorio le hizo saber a Werner que la responsabilidad es compartida: el peso de la deuda sobre el PBI se disparó del 51,3% proyectado para 2018 en el mes de junio al 81,2% proyectado en octubre, lo que para los directores ejecutivos  europeos da muestras sobradas de cuánto Werner no cuidó la capacidad de repago.

 

Puertas adentro un fracaso de semejante magnitud generó un revuelo importante. Como oportunamente consignó LPO, Francia, Alemania y Holanda se opusieron tajantemente a otorgar más financiamiento para la Argentina -el nuevo acuerdo representa nada menos que el 1277% de la cuota que le corresponde al país, un préstamo de una magnitud inédita-. Solo fue con el apoyo de Donald Trump que el nuevo acuerdo fue viable, pero a costas de un enfrentamiento con Alemania, al punto tal que Argentina llegó a los diarios teutones con críticas para la irresponsabilidad fiscal de Macri de todos los colores.

Fue particularmente crítico con Werner el representante de Alemania en el directorio del FMI, Steffen Meyer, quien puso en duda el futuro de su carrera en el organismo. Junto con él, Hervé de Villeroche de Francia y también el belga Anthony de Lannoy, que representa a una quincena de países miembros, pero en particular enarboló la oposición de Holanda a continuar asistiendo financieramente a Argentina con más recursos en particular de cara a un año electoral. En este punto las objeciones de duplicaron: primero, porque de cara a unas elecciones mayores son los riesgos de incumplimiento del ajuste necesario para lograr la estabilidad de la deuda externa argentina; y, en segundo lugar, porque los representantes europeos del Fondo no quieren que el fuerte apoyo económico sea leído como un apoyo electoral.

Así, la suerte de la carrera de Werner quedó atada a la de la macroeconomía argentina de la mano del nuevo Acuerdo Stand-By ampliado.

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