Aislados en Villa Azul: radiografía de un barrio cercado por el estallido de contagios de coronavirus

Nacionales 05 de junio de 2020 Por Red Online
El barrio Villa Azul ya atravesó su décimo día de aislamiento. Cómo es vivir detrás de las vallas que buscan contener el brote de contagios en el asentamiento que comparten Quilmes y Avellaneda.
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El barrio Villa Azul lleva diez días cerrado por el brote de contagios de coronavirus. Mientras pasan las horas en el encierro extremo, los ánimos se caldean y ya no hay bolsón de mercadería, héroe anónimo, ni ayuda del Estado que permita tapar los agujeros de los bolsillos que ya estaban vacíos antes de la pandemia.

Es que muchos de los vecinos del barrio que tiene 276 casos confirmados, necesitan cruzar las vallas para ir a trabajar y la desesperanza ya está instalada: muchos se saben despedidos y otros se la ven venir. Y ante el escenario que imaginan para cuando termine la cuarentena, todos le temen al prejuicio que existirá cuando haya que salir a buscar trabajo y decir que viven en el barrio donde explotó el virus en pocas horas y se cobró –hasta el momento - dos vidas.    

Mal de muchos, consuelo de tontos. Los dos barrios populares de la provincia de Buenos Aires que sufrieron estallidos de casos de COVID-19, casualmente son territorios compartidos entre dos municipios vecinos. El barrio José Luis Cabezas, cuyo brote de contagios por estos días ocupa a los intendentes de Berisso y Ensenada; y el barrio Villa Azul: de un lado quilmeño, del otro avellanedense.

El bloqueo total por dos semanas de la Villa Azul ya superó la primera mitad y el aislamiento se siente en el ánimo. “No hay ni un vecino que esté bien”, le cuenta Juan Manuel a INFOCIELO. Juan Manuel no vive en Villa Azul: su casa queda a unas cuadras, en Bernal Oeste. Es abogado, y llegó a la villa hace menos de un año, cuando le tocó vivir una situación económica complicada y alquiló el fondo de comercio de un almacén en el ingreso al barrio. Por eso, todos los días cruza el vallado, se somete al proceso de “desinfección” y abre su comercio para que los vecinos puedan comprar alimentos. Lo mismo hace cuando se va.  

“Tengo mucho miedo desde que arrancó la pandemia”, cuenta el comerciante y aclara el motivo del temor que se apodera de él cada noche cuando baja las persianas del local y recorre las cuadras que lo separan de su casa: “Tengo dos nietas, hijos menores”. “Acá atendemos a la gente, pero no entran y yo estoy con lavandina, alcohol rebajado, alcohol en gel, me lavo las manos cada media hora”, detalla y aclara: “No estoy paranoico, pero es difícil no tener miedo”.

Según las autoridades, el bloqueo ya muestra resultados positivos: bajaron los contagios, aunque ayer se conocieron las primeras dos víctimas fatales del barrio. Fuentes del Ministerio de Salud de la provincia de Buenos Aires confirmaron el fallecimiento de los dos pacientes: un hombre de 69 años, que estaba en el Hospital Fiorito de Avellaneda, y de otro de 77, que se permanecía internado en el Hospital Iriarte, de Quilmes.

Los vecinos esperan que ese optimismo que vieron reflejado en las noticias -a pesar de las dos vidas que se cobró el virus- permita que se flexibilice el bloqueo y se los autorice a salir a trabajar más allá de las vallas. Porque según dicen, “la cosa ya no se aguanta más”.

“Si el domingo no se levanta el bloqueo, se va a poner feo”, cuenta Laura, que no disimula su malestar. No le faltan motivos. Está enojada con algunos circuitos de reparto de mercadería que hay en el barrio. Y está indignada con una respuesta que recibió hace poco, cuando necesitaba artículos de higiene para su familia. “Estaban unos chicos repartiendo cosas, yo les pedí un dentífrico para mis chicos. Una chica me respondió que lo haga a la vieja usanza: que les ponga jabón en el cepillito y les lave los dientes así”, relata.  

Pero Laura carga con otro peso en la espalda: la pandemia, la cuarentena y el encierro en el barrio le trae consecuencias a su familia que son, quizás, irreparables. Es que del otro lado del operativo cerrojo que se desplegó en las salidas del barrio, quedó el psicólogo que atendía a sus dos hijos más chicos. Un profesional que los estaba ayudando a procesar el suicidio de su hermano de 21 años, que se quitó la vida ahí mismo, en su casa de Villa Azul, en presencia de los dos menores.

Las casas y casillas que se extienden a lo largo y ancho de la frontera que separa Quilmes de Avellaneda están, en su mayoría, repletas de gente. “Acá hay gente con seis, siete chicos. Un par de bananitas machacadas que te pueden traer no le saca el hambre a nadie”, cuenta Laura, que se dice “ama de casa”, de esas que trabajan hasta el cansancio, pero para su familia, sin recibir un pago a cambio.

Se empieza a hacer de noche en el asentamiento. Cuando habla Joana se escucha a los chicos de fondo y su voz se pierde entre ladridos de perros. “El problema acá -dice - es que a veces los que vienen a entregar mercadería son los propios vecinos que tienen familiares infectados”. Y explica por qué es que para ella, adentro del barrio, el virus circuló tanto: “Es el riesgo que corremos los que hacemos caso y nos quedamos en casa”.

“Agua no falta, eso no. Nos traen agua potable en bolsitas”, cuentan las dos vecinas que se juntaron para hablar con INFOCIELO y ni siquiera parecen haberse enterado de las dos víctimas fatales. Hablar con los vecinos de Villa Azul un día después de la noticia de las dos muertes deja en claro que cuando el techo de tolerancia está tan alto, el dolor y la desesperación parecen perder dramatismo.

Las necesidades en el barrio ya existían y el virus vino sólo a profundizarlas: no hay tal crisis cuando el escenario siempre es desalentador. La diferencia la hace el miedo: cuidarse contando con todos los recursos parece ser una tarea sencilla, a la que cualquiera se puede acostumbrar. Pero escaparle al coronavirus con hacinamiento y sin lavandina o alcohol a mano, es un desafío que hay que sortear obligados por el miedo al contagio del virus que está ahí, a un par de casas, o un poco más allá, en el otro pasillo.

Fuente: Infocielo

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